19 mayo 2013

Un trayecto definitivo


Habitualmente, madrugar no suponía ningún problema. Es más, una vez superados los breves instantes de sobresalto crepuscular provocados por el despertador, se sentía orgulloso de levantarse, el hecho tenía un ligero matiz de disciplina espartana. Una vez duchado y afeitado, su ánimo adquiría el tono adecuado para afrontar el día de trabajo. Una larga y tediosa jornada de trabajo que ya casi no le proporcionaba ninguna satisfacción.

El trayecto desde su casa a la estación era corto, aunque conducir tenía la desagradable cualidad de ponerle nervioso y agresivo. Gracias a Dios, aquello solo duraba unos cinco minutos. Aparcaba cerca de la estación y esperaba la llegada del tren hojeando el periódico y fumando un cigarrillo. Si el frío no era excesivo, aquellos momentos eran de los mejores del día. Una vez sentado en el vagón, en el que siempre encontraba un asiento libre, sacaba su libro y aprovechaba los veinte minutos de viaje para leer, haciendo breves descansos para echar un vistazo al paisaje. Las vías del tren discurrían, durante varios kilómetros, paralelas a la alambrada de un extenso coto privado de caza, un encinar en el que abundaban los ciervos y los jabalíes. Siempre que miraba veía algunos de ellos comiendo muy tranquilos, impertérritos ante el paso del cercanías, a cuyo traqueteo ya debían estar acostumbrados. A esas horas de la mañana, además, la gente no hablaba, ni siquiera sonaba todavía la música ambiental en los vagones. Nada le incordiaba, al contrario, eran momentos de auténtica paz.

Pero desde hacía unos días las cosas habían empezado a cambiar. Para mal, se entiende. Ahora el madrugón se le hace insufrible. Los días son más cortos y todavía es de noche cerrada cuando el tren avanza a lo largo de la valla metálica. Ya no puede ver ciervos, ni jabalíes, ni siquiera intuir la silueta de las encinas. Los vagones van cada vez más llenos y casi nunca logra sentarse. Esos pequeños detalles que antes no parecían tener demasiada importancia, ahora le resultan verdaderamente molestos. El trabajo, además de parecerle tedioso (eso siempre había sido así), se ha convertido en algo exasperante. Ahora, cuando entra en la oficina, nada más cruzar la puerta le domina la misma agresividad que cuando se pone al volante del coche y no le abandona hasta que acaba la jornada, a veces incluso horas más tarde. Esa tensión se le está agarrando a la espalda. Eso y las siete horas que pasa frente al ordenador en una pésima posición, que ya ni se molesta en corregir para evitar posteriores contracturas musculares o dolores en el cuello, le dejan cada día más agotado.

Hoy todo ha empezado a torcerse desde primera hora. Un cretino en un cuatro por cuatro se ha saltado un stop. “¡La madre que te parió...! ¡Cabronazo!”. Por su culpa, casi se empotra contra un autobús. En la estación hace un frío de bigotes que le ha pillado a traición, sin la ropa adecuada. “Hay que joderse con el hombre del tiempo, no da ni una”. De un día para otro, inesperadamente, la temperatura ha descendido diez grados. Para colmo, el tren ha tardado más de medía hora en hacer su aparición entre la niebla y casi muere congelado mientras esperaba. El vagón va repleto. De sentarse hoy, nasti de plasti. Ni siquiera de pie va a poder leer un poco. Alguien le está clavando un codo en la espalda pero van tan apretados que no consigue separarse. Decide dar un paso hacía atrás, como quien no quiere la cosa, para propinar un pisotón disuasorio al propietario del dichoso codito. “¡Ay, ay, ay! ¡Oigaaa, que me está pisando!”. “Perdone, lo siento, es que no tengo donde agarrarme!” La presión en la espalda desaparece pero empieza a llegarle un desagradable tufo, como de humanidad poco dada a la higiene diaria, tan intenso que le produce nauseas. “¡Joder con la peña! ¿Quién será el cerdo...? Vaya mañanita que llevo, me estoy poniendo de una mala hostía...”. Respira hondo, conteniendo una silenciosa arcada seca. Los veinte minutos de siempre se le están haciendo eternos y empieza a sentirse cansado, muy cansado. “¡Aguantar toda esta mierda para después tener que soportar ocho horas de la otra mierda...! Déjalo, déjalo, no te envenenes, paciencia, de algo hay que comer, hombre, es una mala época, ya pasará”. Hoy va a llegar tarde, pero será mejor que nadie le diga nada porque se le puede tirar a la yugular, aunque sea el mismísimo jefe. El tren llega a su destino, por fin.

Mientras sube la pronunciada cuesta que le lleva al edificio de oficinas, piensa que estaría bien ponerse enfermo de repente, tan enfermo que no tuviera que volver allí durante una larga temporada. Le molesta la espalda y está realmente cansado para ser las ocho de la mañana, pero no se encuentra mal. Además, eso de enfermar de motu propio, por autosugestión no debe ser nada fácil, por no decir imposible. Debería dejarse de gilipolleces y tomar una determinación. Pero ahora no, la obligación le llama, hay que trabajar. “¿Mañana, tal vez?”. Antes de entrar se detiene ante la puerta de la gran mole de ladrillo rojo y enciende un cigarrillo. Durante unos instantes sus ojos recorren la fachada de arriba a abajo lentamente, mirando pero sin ver. Poco después, con el cigarrillo colgando de la boca, como Rick en Casablanca, da media vuelta y comienza a bajar, con paso decidido, la empinada cuesta que acaba de subir unos minutos antes.

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